Sinceramente no se como expresar mis sentimientos en este momento, la alegría que siento y el orgullo por la Selección Argentina. Esto es #OrgulloArgentino Después de 24 años, nuevamente finalista de un mundial.
Ya cuando pasamos a cuartos, estaba feliz. Ya está, llegamos a la final, ya estoy hecha sin importar el resultado del Domingo. Obviamente sería fantástico salir campeones. Pero lo que realmente importa es toda la garra que le pusieron.
ARGENTINA
10.7.14
Qetsiyah.
Qetsiyah era la diosa de la Tierra, era hermosa, morena
de pelo negro, era la creadora de los animales, de los humanos, y del Planeta
Tierra mismo. Todo iba bien, la Tierra era un paraíso, pero no iba a ser
siempre así.
Silas, el
dios del día, era el creador del sol, de la luz, del agua y, del viento. Estaba
enamorado de Qetsiyah, al igual que Klaus, dios de la noche. Este último dios,
era el creador de la luna, de la oscuridad, del fuego y, del viento también.
Silas no
podía soportar que Qetsiyah tenga que compartir la noche con Klaus, así que
quiso matarlo y así obtener sus poderes. Además de estar toda la vida con
Qetsiyah. Un día, Silas aprovechó a que Klaus dormía, ya que él vivía de noche,
e intentó matarlo. Cuando Qetsiyah vio que estaba por apuñalarlo por la
espalda, se interpuso. Klaus, al despertar ve a su amada desmayada.
Klaus no duda por un segundo en protegerla. Qetsiyah
estuvo siempre enamorada de Klaus, pero al pasar tiempo con Silas y Klaus, no
podía elegir por uno. Ya que si elegía a Klaus, el día dejaría de existir.
Klaus y Silas
desataron una guerra que parecía interminable, esta fue dada en el único lugar
creado. La Tierra. Silas, enojado le tiró a Klaus toda el agua posible, este al
reaccionar no tuvo mejor idea que devolvérsela con viento. Y así, crearon la
lluvia. La cual, creo el barro. Con la ayuda de Silas, y la luz, después de que
pasara la lluvia, se formó el arcoíris, y con este los colores. Aunque ellos
seguían en la guerra, no se daban cuenta de todas las cosas hermosas que
creaban. Además de las malas, como el rencor y el odio, estos sentimientos
caían y se metían en las almas de los humanos. Los cuales empezaron a pelearse
entre sí, también desatando una guerra civil. Estos, tomaron bandos, los que
estaban a favor de Silas, se llamaron ‘Alianza’ y los a favor de Klaus ‘Horda’.
Empezó una guerra que pareció no
terminar jamás, los hombres seguían peleando y seguían agrandando su odio y su
rencor. Klaus peleando contra Silas creó las montañas, y Silas creó los
terremotos. Así la tierra empezó a dividirse, formando los 5 continentes. Ya
estaba todo destruido, no se parecía en nada a lo que había creado Qetsiyah.
Cuando Qetsiyah se despertó y vio el desastre que habían
hecho Klaus y Silas, decidió suicidarse, dejando sus sentimientos en la tierra.
El Amor, la confianza, la bondad, y muchos sentimientos, como también el dolor.
Así que decidió que Silas y Klaus vivieran por siempre el duelo de su amada, y
con la esperanza de que no cometieran ningún otro error, o ninguna otra guerra.
Y así Qetsiyah vive en la tierra, en lo que ella misma sembró, en los árboles,
y en el alma de los animales. Y cierta parte en el corazón de los humanos con
el deseo de que recapaciten.
- María Florencia Avila Díaz.
- María Florencia Avila Díaz.
5.7.14
2.7.14
"Llegará un día en que todos nosotros estaremos muertos —dije—. Todos nosotros. Llegará un día en que no quedará un ser humano que recuerde que alguna vez existió alguien o que alguna vez nuestra especie hizo algo. No quedará nadie que recuerde a Aristóteles o a Cleopatra, por no hablar de vosotros. Todo lo que hemos hecho, construido, escrito, pensado y descubierto será olvidado, y todo esto —continué, señalando a mi alrededor— habrá existido para nada. Quizá ese día llegue pronto o quizá tarde millones de años, pero, aunque sobrevivamos al desmoronamiento del sol, no sobreviviremos para siempre. Hubo tiempo antes de que los organismos tuvieran conciencia de sí mismos, y habrá tiempo después. Y si te preocupa que sea inevitable que el hombre caiga en el olvido, te aconsejo que ni lo pienses."-Hazel (Bajo la misma estrella, John Green)
1.7.14
La última semana
Me llamo Juan Pablo, en ese
entonces tenía 15 años, era de estatura media, ojos marrones. La ciudad de
Londres era un lugar oscuro para los que eran hijos únicos, nadie se
relacionaba con nadie. Vivíamos en un barrio lindo, donde siempre estaba todo
limpio, autos lujosos, y familias muy unidas.
Por trabajos de mi padre,
Roberto, nos mudamos a Estados Unidos, lo cual fue un gran cambio, ya que
nuestra familia vivía en Londres. Por otro lado, no era muy diferente mudarnos,
debido a que por trabajos de mi padre, no lo veía seguido.
Empecé la
preparatoria, donde no me podía relacionar con nadie debido a que todos me
veían diferente. Mis profesoras intentaron integrarme, pero cada vez era peor.
A la salida del colegio, recibía agresiones físicas y verbales por parte de mis
compañeros. No se lo conté a mi madre, ya que padecía de cáncer de piel, hacía
ya varios años y no quería preocuparla.
Diario de Juan Pablo :
21·Julio·2001
Esta mañana mi madre despertó mal, inmediatamente la tuvimos que internar.
Estuve toda la mañana sólo en el hospital. Mi padre no atendía las llamadas,
supongo que ni se imaginaba lo que sucedía. Deje a mi madre en compañía de una
enfermera y partí al colegio. En la entrada de la preparatoria, estaban los
mismos chicos que me habían golpeado ayer, no tuve miedo, seguí caminando con
indiferencia. Lo cual, fue peor. Empezaron a llamarme y luego empezaron los
empujones. Por suerte, llego Carlos, el profesor de literatura, la única
materia en la que me iba bien. Estuve todo el día en el aula pensando en mi
mamá. A la salida del colegio, fui al hospital, mi padre estaba ahí, me di
cuenta que no estaba todo bien, ya que mi padre me abrazó, lo cual nunca hacía.
Entré corriendo a la sala, y mi madre estaba allí, acostada… mientras la
desconectaban. Regresé a mi casa, íbamos en el auto con mi padre, no emitíamos
ningún sonido, ninguno de los dos hablaba.
22·Julio·2001
Me desperté y mi padre no se encontraba en la casa. Estaba sólo. Deprimido. Ya
no tenía razones para vivir. No sé realmente porqué lo hice, creo que sentí
culpa por la muerte de mi madre, por no cuidarla como correspondía. Por no
haber hecho lo suficiente como para salvarla. Cada vez que la pensaba, una y
otra vez, el filo del cuchillo se movía, frio, incolumne, solido. Entraba en un
mar de depresión, un mar profundo, rojo, espeso. Quería volcar todo lo que
sentía a un dolor físico.
Entró mi padre a la casa, ya eran las 6 de la tarde,
vio el estado en el que me encontraba, sangre en mis brazos, y automáticamente
me abrazó. Creo que ahí fue cuando me desmaye. Cuando abrí los ojos de nuevo,
me encontraba en el hospital, todavía medio inconsciente, pero pude reconocer a
mi padre que estaba sentado al lado mío tomando un café. Entró el enfermero y
le pidió por favor a mi padre que se retire. Se presentó, se llamaba Juan, con
mucha simpatía y como si nos conociéramos de toda la vida, me dijo que no me
corte más, dicho esto me entregó un papel. Justó entro mi padre, el enfermero
me dio el alta y nos fuimos. Llegue a mi casa, comimos y me acosté a dormir.
23·Julio·2001
Cuando baje a almorzar, mi padre ya había hecho la comida. Estaba muy
simpático, lo cual era raro. Charlamos durante toda la comida, me contó su
vida, toda su infancia y adolescencia, era como si no nos conociéramos. Más
allá de que éramos padre e hijo, ninguno sabía sobre el otro. Terminamos de
almorzar y me dijo que se tenía que ir, cuestiones de trabajo. Me preguntó qué
iba a hacer a la tarde y le respondí que nada, que capaz que salía a caminar.
Me quedé toda la tarde encerrado, mirando tele, leyendo, cuando ya se torno
aburrido me di cuenta que eran las 5 de la tarde, una buena hora para salir a
caminar. De pronto metí mi mano en el bolsillo del pantalón, tenía el papel que
me había dado el enfermero la tarde anterior. Era una dirección, no iba a
averiguar qué era, aunque me daba un poco de curiosidad. Seguí caminando, entre
a un shopping, compré algo para comer, y cuando iba ya casi saliendo, me
pareció ver a mi padre, al principio dudé si era él. Y sí, era él. No entendía
mucho la situación, ya que él estaba con una mujer y dos nenes, ahí entendí qué
pasaba. Seguí caminando, llegue a una playa, como hacía calor, decidí meterme y
tratar de olvidar mis problemas. Después de un largo tiempo me fui a mi casa.
Mi padre llegó tarde, ni bien entró lo ataqué con
millones de preguntas. Al principio me lo negó, luego me dijo que sí, tenía
otra familia. Le dije de todo, cosas que jamás pensé decirle, nunca se me
pasaron por la cabeza. No entendía nada, mi madre había muerto y a él le
importaba muy poco. Discutimos durante varios minutos, hasta que llegó la
gota que colmó el vaso. Una cachetada de parte de él. Juro que por más odio que
le tenga, jamás pensé que iba a hacer eso.
24·Julio·2001
Aunque estaba de duelo, fui al colegio igual. Y como de costumbre recibí
agresiones por parte de mis compañeros, los cuales eran unos idiotas. El día no
fue tan malo a pesar de como iba mi vida. A la salida, decidí averiguar de qué
se trataba la dirección, no se me ocurría nada. Llegué, era un bar. El que
atendía me preguntó por parte de quién venía y le dije “Juan, el enfermero”.
Soltó una carcajada y me entregó un paquete. No sabía qué era, le
pregunté si tenía idea de por qué me daba eso Juan, me dijo que ya venían
varios de parte de él. Cuando salí del bar el chico me preguntó mi nombre, le
respondí y le pregunte el suyo, John se llamaba. Fui al mar, ya que era
temprano todavía y decidí abrir el paquete. Era marihuana. No tenía nada más
que hacer, ni nada que perder. Así que, fume y ahí fue cuando vi de otra forma
el mundo. Me olvide de todo aunque mis problemas seguían estando, sentía que
estaba en un mundo diferente. Como me gustó tanto en la situación que me dejaba
la marihuana, decidí ir de nuevo al bar, y que me venda más. Esa noche fumé
como loco, lo que duraba para un mes, lo terminé en unas horas. Estaba muy mal,
no conseguí sacarme la depresión de encima. Sin darme cuenta, quedé dormido.
25·Julio·2001
Mi padre se había ido de la casa, me la dejó para mí. Me dejó plata y una carta
diciéndome perdón, la cual no leí. Esa mañana fui al bar, compré más marihuana,
y como la noche anterior no pudo sacarme la depresión que tenía, le pregunté a
John que otra cosa había que me haga olvidar todo. Me contó de muchas drogas,
como la cocaína, la LSD, la heroína, y de más. También me dijo que tenía
que estar demasiado seguro de querer probar esas drogas, ya que si me hacía
adicto, era muy difícil dejarlas. Mi día fue normal, me junté con John y sus
amigos y me cayeron muy bien. No fui al colegio, salí con los chicos.
Probé la LSD, también conocida como “pepa”. Me hizo olvidar, no sé si la
palabra justa es “olvidar”, o sea la LSD es una droga alucinógena, me
hizo ver el mundo distinto, todo un mundo feliz. Escapé de la realidad por unas
horas. Cuando se me fue el efecto de la droga fui a comprar algo para comer,
pizza y cerveza. Me quedé toda la noche fumando, aunque mucho no me causaba,
era placentero. A las 2 de la mañana llego mi padre, yo no estaba en un estado
muy estable que digamos, me preguntó cómo estaba. Charlamos. Me pidió perdón,
le dije que haga lo que quiera, él ya nos había engañado, a mí y a mi madre, la
cual murió sin sospechar nada, o por lo menos eso supongo yo. Lo odiaba, es
cierto, pero no era un odio expreso, era mas un sentimiento de culpa ajena,
como un sentimiento de lastima por lo que había hecho con mama. Cenamos,
ninguno de los dos emitía sonido. Me acosté a dormir, y mi padre se quedó. No
sé si más tarde se fue, tampoco me interesaba.
26·Julio·2001
Me desperté sin ganas de otro día, creo que era el último. Mi padre me esperaba
con el desayuno, le contesté que no tenía ganas de nada, y que ya no soportaba
mi vida. Me dijo que no sea tan negativo. Le dije que iba a salir a caminar,
aunque me fui de mi casa sin ganas de nada, caminé bastante. Hasta que frené en
una calle abandonada, y me imagine en el suelo, muerto y nadie lloraba. Ahí me
di cuenta que la vida no era bella. Estoy sentado en la barandilla de un
séptimo piso pero, ya estoy muerto por dentro y estoy cansado. Estoy casando de
vivir huyendo. Pasa mi vida por mis ojos y el tiempo se detiene para no verme
más la cara. Me di cuenta lo cobarde que era. Me contradecía todo el tiempo.
Miles de palabras, miles de ideas, miles de cosas pasaban por mi cabeza. Ya no
sabía cómo seguir. Caminé toda la tarde. Llamé a John y le pedí que me haga un
favor, no estaba muy convencido pero termino diciéndome que sí. Ese favor, no
era mas que la venganza, de la mas cruel bofetada hacia un padre ausente,
invisible, que no había sido capaz de entregarse a una mujer enferma, que
lamentablemente también era mi madre. Que había hecho para salvarla? Nada, una
escapatoria, una fuga, una salida infiel a un problema del cual yo, al menos
yo, solo debía hacerme, cargo.
El favor de John llego temprano, envuelto
en una bolsa de cartón, para que nadie sospechara el contenido. No podía parar
de pensar en que se lo merecía, en que no podía ser otro que yo, el que hiciera
memoria y justicia por tantos años de abandono, de inexistencia, de olvido.
Casi sin hacer un solo ruido, tome
el contenido de la bolsa, aun sin sacarlo, tuve que detenerme porque la victima
entro en mi cuarto, no hizo mas que preguntarme que estaba haciendo, cuando
comencé a deslizar el revolver de John, hacia afuera.
aun recuerdo el breve sonido, filoso
y gris, del roce del papel y la culata del calibre 32 sobre el mismo, me miro
sorprendido, no pudo entender que llegaba la hora de pagar sus culpas.
Solo recuerdo el olor de la pólvora,
como muchos fósforos a la vez encendidos por su culpa, el fogonazo
no hizo más que iluminar mi rostro, desfigurándose a medida que el plomo
rompía, uno a uno los huesos de mi cara. Como esquirlas, cada fragmento de mi,
se esparcía junto con el mar caudaloso de sangre que mi nariz y mi boca
emanaban.
Ya sé, no pensé en otra
venganza que no sea esa, y luego de ver la cara de mi padre viendo como mi
cerebro estallaba en pedazos, creo que fue la más efectiva.
- María Florencia Avila Díaz.
Viva o Muerta.
En el momento en el que mi hijo mayor me preguntó cómo
estaba, me puse a pensar todo lo que había pasado desde ese día hasta hoy.
Todavía me acuerdo de ese verano del 65, el día en que la conocí, estaba
hermosa, con sus amigas tomando mate en el río. En primer momento, me di cuenta
que yo era poca cosa para ella, yo era albañil, morocho y con una vida
miserable, y ella se notaba que era todo lo contrario. Me parecía conocida y en
ese momento me di cuenta que era Elena, la simple niña amable, sofisticada pero
humilde, esa nena rubia con mejillas rosadas, de la cual siempre estuve
enamorado. También me acuerdo cuando le pedí casamiento a los 19 años, dos años
después de ese verano hermoso. Sus padres se oponían al matrimonio pero de
todas formas nos íbamos a casar. Mi papá nos ayudó, más unos ahorros que tenía
yo y plata que tenía ella guardada. Todavía recuerdo ese vestido blanco, ese
vestido fue lo primero que compramos. Dos días antes del casamiento a Elena la
tuvimos que internar, los padres y yo sabíamos que tenía cáncer de útero,
sabíamos que no íbamos a poder tener hijos, pero yo quería estar toda la vida
junto a ella. Elena falleció el día del casamiento y sus padres hicieron que el
pueblo entero me odie, hizo que todos me culpen de asesinato, de que yo fui
quien la mate, cuando lo único que quería era hacerla feliz.
Un mes después de ese 26 de Julio, mi padre me dijo:
- Albañil
vas a ser en todas partes, no voy a dejar que te maten. Toma, acá tenes un poco
de plata, anda a donde vos quieras.
- Te
voy a extrañar mucho viejo, pronto volveré.
Nuevamente empecé a recordar, ella era ama de casa de
donde yo estaba trabajando, obviamente de albañil. Un día me invitó a tomar
unos mates, no había nadie en la casa. Los patrones trabajaban y los niños iban
al colegio. Me contó que era correntina y algo se le notaba en el tono de su
voz. Ella no era nada que ver a Elena, era morocha, menuda y petisa.
A veces, me pregunto por qué tengo tanta memoria, me hace
bien recordar, pero al mismo tiempo, no.
Tenía trabajo en Necochea, bastante. Con Raquel teníamos
ya nuestra casa, los nenes jugaban en el patio, el mayor jugaba muy bien al fútbol y la menor era muy inteligente para tener 3 años.
Al mayor cuando tenía 10
años lo llamaron de un club, y la nena estaba terminando el jardín.
- ¿Te
acordás cuando te llamaron para jugar en Boca, Ramiro? Ya te estarías
retirando, negro.
- Si,
pero justo mamá falleció y se me fueron las ganas de seguir jugando.
- Por
lo menos estudiaste.
- Era
lo que quería mamá
Tengo
mucha mala suerte, mi segunda esposa también falleció. De un ACV. Se acostó a
dormir la siesta y nunca más despertó.
- ¿En
serio estás bien viejo?
- Si,
Ramiro. Estoy bien.
- ¿Y
Cecilia?
- Me
ayuda bastante en casa.
- ¿Tenes
miedo?
- ¿De
qué se muera?
- …
- Estoy
bien Ramiro.
- ¿No
sentís nada?
- ¿Nada?
- Yo
no sé si sentiría culpa pero…
- No
siento culpa, yo no maté a Elena ni a tu madre y tampoco voy a matar a Cecilia.
- No
digo eso.
- ¿Cómo
está Carla? Hace mucho que no la veo.
- Bien,
piensa que en cualquier momento te vas a suicidar.
- Decile
que no piense eso, ¿Justo ahora? No seas idiota. Estoy ganando mucho, me
convertí en un famoso arquitecto, ya no soy más ese estúpido albañil.
- ¿Qué
se te pasó por la cabeza cuando volviste a Belgrano?
- Nostalgia.
Recorrí todos los lugares que recorrí con Elena. Como las Violetas, que ahora
es una tienda de deportes.
- Sos
masoquista eh.
- No,
soy una persona que le gusta mucho recordar.
Ese día cuando volví a casa, subí las
escaleras y volví a pensar de nuevo, pensar en toda mi vida, en todo lo que
había pasado. Y también pensé en qué pasaría ahora. ¿Qué van a pensar mis hijos
dentro de una hora?
Me puse a mirar todas las fotos, todos
los álbumes, cada recuerdo, cada sonrisa, cada gesto, cada mirada.
Estoy viendo el frasco desde acá. Los
pasos hasta la mesada se me hacen cada vez más pesados. Y yo me sentía en ese
hilo fino, demasiado fino. En el que supongo que Elena y Raquel, también se
sintieron.
Ese hilo en el que ves pasar tu vida,
ves pasar cada sentimiento que tuviste por las personas que tanto amaste, cada
llanto, cada tristeza, cada lágrima que paso por tu mejilla, por tus labios,
cada rose que sentiste, cada sensación al tocar la piel de esa persona tan
importante, sentir por primera vez cuando agarraste a tus hijos a upa, cuando
nació Ramiro tan gordo, largo, esa cara de que era fuerte, cuando nació Carla,
una bebe chiquita, con su piel rosácea, tan pequeña, tan frágil, y pensar en
cuantos chicos la harían sufrir y vos estar ahí para calmar su llanto. Cada
beso que nos dimos con Elena, cada paseo, cada sonrisa que me dedicó en ese
verano caluroso, cada cena a escondidas que tuvimos, cada café al despertar.
Cada charla que tuve con Raquel, esas charlas que duran horas, todavía siento
el sonido de su voz, de su dulce voz.
Todavía me acuerdo cuando me dijo que estaba embarazada, me acuerdo de
cómo lloré de emoción.
Sé que si Elena y Raquel me vieran en
este momento, se decepcionarían de mí, se decepcionarían de que estoy acabando
con ella.
Agarré el frasco, desenrosqué la tapa
verde que tenía y me tomé todas las pastillas que había. Era como un pozo sin
fondo, un pozo en el que nunca dejaban de salir pastillas. Fue ahí el momento
en el que volví a recordar toda mi vida, y en ese instante me di cuenta que
estaba muriendo.
- María Florencia Avila Díaz.
- María Florencia Avila Díaz.
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