1.7.14

Viva o Muerta.

En el momento en el que mi hijo mayor me preguntó cómo estaba, me puse a pensar todo lo que había pasado desde ese día hasta hoy. Todavía me acuerdo de ese verano del 65, el día en que la conocí, estaba hermosa, con sus amigas tomando mate en el río. En primer momento, me di cuenta que yo era poca cosa para ella, yo era albañil, morocho y con una vida miserable, y ella se notaba que era todo lo contrario. Me parecía conocida y en ese momento me di cuenta que era Elena, la simple niña amable, sofisticada pero humilde, esa nena rubia con mejillas rosadas, de la cual siempre estuve enamorado. También me acuerdo cuando le pedí casamiento a los 19 años, dos años después de ese verano hermoso. Sus padres se oponían al matrimonio pero de todas formas nos íbamos a casar. Mi papá nos ayudó, más unos ahorros que tenía yo y plata que tenía ella guardada. Todavía recuerdo ese vestido blanco, ese vestido fue lo primero que compramos. Dos días antes del casamiento a Elena la tuvimos que internar, los padres y yo sabíamos que tenía cáncer de útero, sabíamos que no íbamos a poder tener hijos, pero yo quería estar toda la vida junto a ella. Elena falleció el día del casamiento y sus padres hicieron que el pueblo entero me odie, hizo que todos me culpen de asesinato, de que yo fui quien la mate, cuando lo único que quería era hacerla feliz.
Un mes después de ese 26 de Julio, mi padre me dijo:
-       Albañil vas a ser en todas partes, no voy a dejar que te maten. Toma, acá tenes un poco de plata, anda a donde vos quieras.
-       Te voy a extrañar mucho viejo, pronto volveré.

Nuevamente empecé a recordar, ella era ama de casa de donde yo estaba trabajando, obviamente de albañil. Un día me invitó a tomar unos mates, no había nadie en la casa. Los patrones trabajaban y los niños iban al colegio. Me contó que era correntina y algo se le notaba en el tono de su voz. Ella no era nada que ver a Elena, era morocha, menuda y petisa.
A veces, me pregunto por qué tengo tanta memoria, me hace bien recordar, pero al mismo tiempo, no.
Tenía trabajo en Necochea, bastante. Con Raquel teníamos ya nuestra casa, los nenes jugaban en el patio, el mayor jugaba muy bien al fútbol y la menor era muy inteligente para tener 3 años.
Al mayor cuando tenía 10 años lo llamaron de un club, y la nena estaba terminando el jardín.
-       ¿Te acordás cuando te llamaron para jugar en Boca, Ramiro? Ya te estarías retirando, negro.
-       Si, pero justo mamá falleció y se me fueron las ganas de seguir jugando.
-       Por lo menos estudiaste.
-       Era lo que quería mamá
Tengo mucha mala suerte, mi segunda esposa también falleció. De un ACV. Se acostó a dormir la siesta y nunca más despertó.

-       ¿En serio estás bien viejo?
-       Si, Ramiro. Estoy bien.
-       ¿Y Cecilia?
-       Me ayuda bastante en casa.
-       ¿Tenes miedo?
-       ¿De qué se muera?
-      
-       Estoy bien Ramiro.
-       ¿No sentís nada?
-       ¿Nada?
-       Yo no sé si sentiría culpa pero…
-       No siento culpa, yo no maté a Elena ni a tu madre y tampoco voy a matar a Cecilia.
-       No digo eso.
-       ¿Cómo está Carla? Hace mucho que no la veo.
-       Bien, piensa que en cualquier momento te vas a suicidar.
-       Decile que no piense eso, ¿Justo ahora? No seas idiota. Estoy ganando mucho, me convertí en un famoso arquitecto, ya no soy más ese estúpido albañil.
-       ¿Qué se te pasó por la cabeza cuando volviste a Belgrano?
-       Nostalgia. Recorrí todos los lugares que recorrí con Elena. Como las Violetas, que ahora es una tienda de deportes.
-       Sos masoquista eh.
-       No, soy una persona que le gusta mucho recordar.


Ese día cuando volví a casa, subí las escaleras y volví a pensar de nuevo, pensar en toda mi vida, en todo lo que había pasado. Y también pensé en qué pasaría ahora. ¿Qué van a pensar mis hijos dentro de una hora?
Me puse a mirar todas las fotos, todos los álbumes, cada recuerdo, cada sonrisa, cada gesto, cada mirada.
Estoy viendo el frasco desde acá. Los pasos hasta la mesada se me hacen cada vez más pesados. Y yo me sentía en ese hilo fino, demasiado fino. En el que supongo que Elena y Raquel, también se sintieron.
Ese hilo en el que ves pasar tu vida, ves pasar cada sentimiento que tuviste por las personas que tanto amaste, cada llanto, cada tristeza, cada lágrima que paso por tu mejilla, por tus labios, cada rose que sentiste, cada sensación al tocar la piel de esa persona tan importante, sentir por primera vez cuando agarraste a tus hijos a upa, cuando nació Ramiro tan gordo, largo, esa cara de que era fuerte, cuando nació Carla, una bebe chiquita, con su piel rosácea, tan pequeña, tan frágil, y pensar en cuantos chicos la harían sufrir y vos estar ahí para calmar su llanto. Cada beso que nos dimos con Elena, cada paseo, cada sonrisa que me dedicó en ese verano caluroso, cada cena a escondidas que tuvimos, cada café al despertar. Cada charla que tuve con Raquel, esas charlas que duran horas, todavía siento el sonido de su voz, de su dulce voz.  Todavía me acuerdo cuando me dijo que estaba embarazada, me acuerdo de cómo lloré de emoción.
Sé que si Elena y Raquel me vieran en este momento, se decepcionarían de mí, se decepcionarían de que estoy acabando con ella.

Agarré el frasco, desenrosqué la tapa verde que tenía y me tomé todas las pastillas que había. Era como un pozo sin fondo, un pozo en el que nunca dejaban de salir pastillas. Fue ahí el momento en el que volví a recordar toda mi vida, y en ese instante me di cuenta que estaba muriendo.


- María Florencia Avila Díaz.



                                                                   

No hay comentarios:

Publicar un comentario