1.7.14

La última semana

Me llamo Juan Pablo, en ese entonces tenía 15 años, era de estatura media, ojos marrones. La ciudad de Londres era un lugar oscuro para los que eran hijos únicos, nadie se relacionaba con nadie. Vivíamos en un barrio lindo, donde siempre estaba todo limpio, autos lujosos, y familias muy unidas.
Por trabajos de mi padre, Roberto, nos mudamos a Estados Unidos, lo cual fue un gran cambio, ya que nuestra familia vivía en Londres. Por otro lado, no era muy diferente mudarnos, debido a que por trabajos de mi padre, no lo veía seguido.
 Empecé la preparatoria, donde no me podía relacionar con nadie debido a que todos me veían diferente. Mis profesoras intentaron integrarme, pero cada vez era peor. A la salida del colegio, recibía agresiones físicas y verbales por parte de mis compañeros. No se lo conté a mi madre, ya que padecía de cáncer de piel, hacía ya varios años y no quería preocuparla.
                                   


  Diario de Juan Pablo :
                   

 21·Julio·2001


                   Esta mañana mi madre despertó mal, inmediatamente la tuvimos que internar. Estuve toda la mañana sólo en el hospital. Mi padre no atendía las llamadas, supongo que ni se imaginaba lo que sucedía. Deje a mi madre en compañía de una enfermera y partí al colegio. En la entrada de la preparatoria, estaban los mismos chicos que me habían golpeado ayer, no tuve miedo, seguí caminando con indiferencia. Lo cual, fue peor. Empezaron a llamarme y luego empezaron los empujones. Por suerte, llego Carlos, el profesor de literatura, la única materia en la que me iba bien. Estuve todo el día en el aula pensando en mi mamá. A la salida del colegio, fui al hospital, mi padre estaba ahí, me di cuenta que no estaba todo bien, ya que mi padre me abrazó, lo cual nunca hacía. Entré corriendo a la sala, y mi madre estaba allí, acostada… mientras la desconectaban. Regresé a mi casa, íbamos en el auto con mi padre, no emitíamos ningún sonido, ninguno de los dos hablaba.



22·Julio·2001



                   Me desperté y mi padre no se encontraba en la casa. Estaba sólo. Deprimido. Ya no tenía razones para vivir. No sé realmente porqué lo hice, creo que sentí culpa por la muerte de mi madre, por no cuidarla como correspondía. Por no haber hecho lo suficiente como para salvarla. Cada vez que la pensaba, una y otra vez, el filo del cuchillo se movía, frio, incolumne, solido. Entraba en un mar de depresión, un mar profundo, rojo, espeso. Quería volcar todo lo que sentía a un dolor físico.
Entró mi padre a la casa, ya eran las 6 de la tarde, vio el estado en el que me encontraba, sangre en mis brazos, y automáticamente me abrazó. Creo que ahí fue cuando me desmaye. Cuando abrí los ojos de nuevo, me encontraba en el hospital, todavía medio inconsciente, pero pude reconocer a mi padre que estaba sentado al lado mío tomando un café. Entró el enfermero y le pidió por favor a mi padre que se retire. Se presentó, se llamaba Juan, con mucha simpatía y como si nos conociéramos de toda la vida, me dijo que no me corte más, dicho esto me entregó un papel. Justó entro mi padre, el enfermero me dio el alta y nos fuimos. Llegue a mi casa, comimos y me acosté a dormir.



23·Julio·2001


                   Cuando baje a almorzar, mi padre ya había hecho la comida. Estaba muy simpático, lo cual era raro. Charlamos durante toda la comida, me contó su vida, toda su infancia y adolescencia, era como si no nos conociéramos. Más allá de que éramos padre e hijo, ninguno sabía sobre el otro. Terminamos de almorzar y me dijo que se tenía que ir, cuestiones de trabajo. Me preguntó qué iba a hacer a la tarde y le respondí que nada, que capaz que salía a caminar. Me quedé toda la tarde encerrado, mirando tele, leyendo, cuando ya se torno aburrido me di cuenta que eran las 5 de la tarde, una buena hora para salir a caminar. De pronto metí mi mano en el bolsillo del pantalón, tenía el papel que me había dado el enfermero la tarde anterior. Era una dirección, no iba a  averiguar qué era, aunque me daba un poco de curiosidad. Seguí caminando, entre a un shopping, compré algo para comer, y cuando iba ya casi saliendo, me pareció ver a mi padre, al principio dudé si era él. Y sí, era él. No entendía mucho la situación, ya que él estaba con una mujer y dos nenes, ahí entendí qué pasaba. Seguí caminando, llegue a una playa, como hacía calor, decidí meterme y tratar de olvidar mis problemas. Después de un largo tiempo me fui a mi casa.
Mi padre llegó tarde, ni bien entró lo ataqué con millones de preguntas. Al principio me lo negó, luego me dijo que sí, tenía otra familia. Le dije de todo, cosas que jamás pensé decirle, nunca se me pasaron por la cabeza. No entendía nada, mi madre había muerto y a él le importaba muy poco.  Discutimos durante varios minutos, hasta que llegó la gota que colmó el vaso. Una cachetada de parte de él. Juro que por más odio que le tenga, jamás pensé que iba a hacer eso.

24·Julio·2001



                   Aunque estaba de duelo, fui al colegio igual. Y como de costumbre recibí agresiones por parte de mis compañeros, los cuales eran unos idiotas. El día no fue tan malo a pesar de como iba mi vida. A la salida, decidí averiguar de qué se trataba la dirección, no se me ocurría nada. Llegué, era un bar. El que atendía me preguntó por parte de quién venía y le dije “Juan, el enfermero”. Soltó una carcajada y me entregó un paquete. No sabía qué era, le  pregunté si tenía idea de por qué me daba eso Juan, me dijo que ya venían varios de parte de él. Cuando salí del bar el chico me preguntó mi nombre, le respondí y le pregunte el suyo, John se llamaba. Fui al mar, ya que era temprano todavía y decidí abrir el paquete. Era marihuana. No tenía nada más que hacer, ni nada que perder. Así que, fume y ahí fue cuando vi de otra forma el mundo. Me olvide de todo aunque mis problemas seguían estando, sentía que estaba en un mundo diferente. Como me gustó tanto en la situación que me dejaba la marihuana, decidí ir de nuevo al bar, y que me venda más. Esa noche fumé como loco, lo que duraba para un mes, lo terminé en unas horas. Estaba muy mal, no conseguí sacarme la depresión de encima. Sin darme cuenta, quedé dormido.



                   
25·Julio·2001



                   Mi padre se había ido de la casa, me la dejó para mí. Me dejó plata y una carta diciéndome perdón, la cual no leí. Esa mañana fui al bar, compré más marihuana, y como la noche anterior no pudo sacarme la depresión que tenía, le pregunté a John que otra cosa había que me haga olvidar todo. Me contó de muchas drogas, como la cocaína, la LSD, la heroína, y de más. También me dijo que tenía que estar demasiado seguro de querer probar esas drogas, ya que si me hacía adicto, era muy difícil dejarlas. Mi día fue normal, me junté con John y sus amigos y me cayeron muy bien.  No fui al colegio, salí con los chicos. Probé la LSD, también conocida como “pepa”. Me hizo olvidar, no sé si la palabra justa es “olvidar”, o sea la LSD es una droga alucinógena, me hizo ver el mundo distinto, todo un mundo feliz. Escapé de la realidad por unas horas. Cuando se me fue el efecto de la droga fui a comprar algo para comer, pizza y cerveza. Me quedé toda la noche fumando, aunque mucho no me causaba, era placentero. A las 2 de la mañana llego mi padre, yo no estaba en un estado muy estable que digamos, me preguntó cómo estaba. Charlamos. Me pidió perdón, le dije que haga lo que quiera, él ya nos había engañado, a mí y a mi madre, la cual murió sin sospechar nada, o por lo menos eso supongo yo. Lo odiaba, es cierto, pero no era un odio expreso, era mas un sentimiento de culpa ajena, como un sentimiento de lastima por lo que había hecho con mama. Cenamos, ninguno de los dos emitía sonido. Me acosté a dormir, y mi padre se quedó. No sé si más tarde se fue, tampoco me interesaba.


26·Julio·2001



                   Me desperté sin ganas de otro día, creo que era el último. Mi padre me esperaba con el desayuno, le contesté que no tenía ganas de nada, y que ya no soportaba mi vida. Me dijo que no sea tan negativo. Le dije que iba a salir a caminar, aunque me fui de mi casa sin ganas de nada, caminé bastante. Hasta que frené en una calle abandonada, y me imagine en el suelo, muerto y nadie lloraba. Ahí me di cuenta que la vida no era bella. Estoy sentado en la barandilla de un séptimo piso pero, ya estoy muerto por dentro y estoy cansado. Estoy casando de vivir huyendo. Pasa mi vida por mis ojos y el tiempo se detiene para no verme más la cara. Me di cuenta lo cobarde que era. Me contradecía todo el tiempo. Miles de palabras, miles de ideas, miles de cosas pasaban por mi cabeza. Ya no sabía cómo seguir. Caminé toda la tarde. Llamé a John y le pedí que me haga un favor, no estaba muy convencido pero termino diciéndome que sí. Ese favor, no era mas que la venganza, de la mas cruel bofetada hacia un padre ausente, invisible, que no había sido capaz de entregarse a una mujer enferma, que lamentablemente también era mi madre. Que había hecho para salvarla? Nada, una escapatoria, una fuga, una salida infiel a un problema del cual yo, al menos yo, solo debía hacerme, cargo.
El favor de John llego temprano, envuelto en una bolsa de cartón, para que nadie sospechara el contenido. No podía parar de pensar en que se lo merecía, en que no podía ser otro que yo, el que hiciera memoria y justicia por tantos años de abandono, de inexistencia, de olvido.
Casi sin hacer un solo ruido, tome el contenido de la bolsa, aun sin sacarlo, tuve que detenerme porque la victima entro en mi cuarto, no hizo mas que preguntarme que estaba haciendo, cuando comencé a deslizar el revolver de John, hacia afuera.
aun recuerdo el breve sonido, filoso y gris, del roce del papel y la culata del calibre 32 sobre el mismo, me miro sorprendido, no pudo entender que llegaba la hora de pagar sus culpas.
          Solo recuerdo el olor de la pólvora, como   muchos fósforos a la vez encendidos por su culpa, el fogonazo no hizo más que iluminar mi rostro, desfigurándose a medida que el plomo rompía, uno a uno los huesos de mi cara. Como esquirlas, cada fragmento de mi, se esparcía junto con el mar caudaloso de sangre que mi nariz y mi boca emanaban.

Ya sé, no pensé en otra venganza que no sea esa, y luego de ver la cara de mi padre viendo como mi cerebro estallaba en pedazos, creo que fue la más efectiva.

- María Florencia Avila Díaz. 

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